Llega el verano y tanto los que se van de viaje como los que se quedan, todos salimos más. Inevitablemente, las costumbres se relajan y con ello, todo parece un poco menos formal: nos vamos de terrazas, las tascas y los chiringuitos se convierten en nuestra segunda casa y aunque este año estemos en crisis nadie nos quita de alternar. Precisamente es la asociación crisis-vacaciones el que ha hecho resurgir con fuerza el vino de la casa. Pregunten a cualquier restaurador cual es el único vino del que han aumentado las ventas en el último año: el famoso y premiadísimo vino de la casa. Aunque el nombre proviene de la Edad Media, hay quien apunta que sus orígenes sonanteriores. El caso es que antiguamente este era el vino que servían en las posadas a los viajeros. Para elaborarlo, en lugar de usar las uvas de las fincas de los grandes terratenientes, usaban las de pequeñas fincas que cultivaba el propio bodeguero. Así le salía más económico, ya que además, era él mismo y su familia quienes pisaban la uva y luego esperaban que fermentara el vino. Generalmente, las uvas que obtenían eran de limitada calidad así que el vino salía igualmente sencillo. Era la forma de conseguir un vino decente a un precio barato. Poco queda de aquellas costumbres. Por supuesto, pocos mesoneros tienen viña que cultivar y, para nuestra suerte, ya no se pisan las uvas pero igual que en aquel entonces, la calidad suele dejar bastante que desear. El vino de la casa debería ser en primer lugar recomendable. En lugar de eso, se convierte en el vino más barato que el establecimiento ha podido conseguir a un precio que a simple vista nos parece razonable. Aunque al final resulte caro para la calidad que tiene. Salvo honrosos casos, la experiencia me dice que es mejor obviarlo. He bebido tantos vinos de la casa intragables, que no me cuesta recordar los pocos restaurantes en los que son buenos y donde los pido con alegría. Y es una pena. Hay restaurantes rurales, y pienso en muchos de los alrededores de León, en los que da gusto comer pero no se puede beber más que vino con gaseosa, que tampoco es que yo tenga nada en contra, pero también apetece sin burbujas. Otra cosa que me sorprende es que así como para un sinfin de asuntos sanitarios nos hemos vuelto exigentes y minuciosos, no hemos incluido el vino en esta categoría. Nos traen la botella abierta y sin etiqueta y nadie dice ni mu. Sea de la casa o de donde sea, el vino debe estar debidamente etiquetado. Debe incluir el nombre del productor o al menos su registro sanitario. Indicar el grado alcohólico y su país de procedencia. Todo esto para ser legal. Un buen vino de la casa debe prestigiar al restaurante y contar con un precio asequible. Queriendo decir con esto que se adecuará a la categoría y precio medio del establecimiento. En la medida de lo posible, deberá ser de la zona, ya que si no es de la casa al menos que sea de cerca; agradable, sencillo y fácil de beber; no es bueno que tenga mucho carácter pues debe casar con toda o casi toda la carta del restaurante. En definitiva, debe gustar medianamente a todos. Tampoco pedimos nada imposible. Ruth de andrés enóloga
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